Por qué seguimos citando a Séneca y Confucio para hablar de felicidad, y qué pasa con los actuales
¿Por qué seguimos citando a Séneca y Confusio para hablar de felicidad, qué nos dicen los pensadores actuales y qué aprender de todo esto? Introducción Hace más de 10 años que leo y escribo sobre...
¿Por qué seguimos citando a Séneca y Confusio para hablar de felicidad, qué nos dicen los pensadores actuales y qué aprender de todo esto?
Introducción
Hace más de 10 años que leo y escribo sobre estos temas tan recurrentes como la felicidad, la paz mental y otros, creo que siempre se mencionan a autores referentes: Séneca, Confucio, Aristóteles, Epicuro. Y eso está muy bien, pero…
Contenido
- ¿Por qué seguimos citando a Séneca y Confusio para hablar de felicidad, qué nos dicen los pensadores actuales y qué aprender de todo esto?
- Introducción
- La pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos recurriendo a ellos? ¿Acaso no hubo pensadores más recientes que hablaran de la felicidad? ¿O será que, a pesar del progreso, seguimos atrapados en los mismos problemas humanos?
- Por qué Séneca y Confucio siguen apareciendo en todos los blogs, webs o libros de estos temas.
- ¿No hubo filósofos modernos que hablaran de felicidad?
- Entonces: ¿de qué nos habla la filosofía moderna, qué nos enseña?
- La diferencia entre sabiduría antigua y pensamiento moderno
- El problema de nuestra idea actual de felicidad
- ¿Qué era la felicidad para los antiguos pensadores o filósofos?
- Disculpa pero quiero insistir en esto y explicarle con claridad y con alma de docente o guía de experiencias.😀
- Por qué seguimos leyendo a los antiguos en pleno siglo XXI
- El error de repetirlos sin pensar
- La clave no es citar a los antiguos filósofos sino dialogar con ellos desde el presente.
Qué pasa con los autores de otros tiempos más cercanos o actuales a los nuestros, porque claro que los hubo y muchos.
Pero cuando leo en post en internet y en libros también, cuando se escribe sobre felicidad y bienestar casi siempre se mencionan a filósofos que vivieron hace más de dos mil años, en mundos sin internet, sin psicología moderna, sin neurociencia, sin coaching, sin libros de autoayuda.
La pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos recurriendo a ellos? ¿Acaso no hubo pensadores más recientes que hablaran de la felicidad? ¿O será que, a pesar del progreso, seguimos atrapados en los mismos problemas humanos?
Trataré de responderme en este artículo y así lo comparto con ustedes. Este escrito no busca repetir citas gastadas ni frases motivacionales remanidas. Busca algo más incómodo: entender por qué el pensamiento antiguo sigue vigente a pesar de transcurrir miles de años, qué falló en la modernidad y qué podemos aprender hoy sin caer en la nostalgia intelectual.
Por qué Séneca y Confucio siguen apareciendo en todos los blogs, webs o libros de estos temas.
Séneca y Confucio no hablaban de felicidad como la entendemos hoy. No la asociaban con placer constante, éxito social o bienestar emocional permanente. Para ellos, la felicidad era equilibrio, dominio de uno mismo, aceptación de la realidad y coherencia entre lo que se piensa y lo que se vive.
Eso resulta incómodo para una sociedad que vende la felicidad como un producto inmediato. Quizás por eso seguimos volviendo a ellos: porque no prometen lo que no existe.
Séneca hablaba desde una Roma violenta, desigual e impredecible. Confucio desde una China fragmentada, llena de conflictos políticos y morales. No escribían desde la comodidad, sino desde la crisis. Y ahí está la clave: sus ideas nacieron para sobrevivir al caos, no para decorar frases en redes sociales.
Cuando hoy los citamos, en el fondo estamos buscando algo que la modernidad no nos dio: estabilidad interior.
¿No hubo filósofos modernos que hablaran de felicidad?
Sí, los hubo. Y muchos. Spinoza, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard, incluso pensadores contemporáneos como Byung-Chul Han (filósofo de origen surcoreano, formado en Alemania) o Zygmunt Bauman, filósofo polaco( uno de los pensadores vivos más preclaros) han reflexionado sobre el bienestar humano.
Entonces: ¿de qué nos habla la filosofía moderna, qué nos enseña?
El problema no es la ausencia de ideas modernas, sino su complejidad y, muchas veces, su pesimismo. La filosofía moderna dejó de prometer felicidad y empezó a analizar el sufrimiento, la angustia, el vacío y la alienación.
Nietzsche no te dice cómo ser feliz, te dice cómo soportar la vida. Schopenhauer directamente duda de que la felicidad sea posible. Bauman describe una felicidad líquida, frágil, siempre a punto de romperse.
Eso no vende. No es citables en frases bonitas. No encaja bien en blogs motivacionales. Por eso se los evita.
La diferencia entre sabiduría antigua y pensamiento moderno
La filosofía antigua era práctica. No buscaba acumular conocimiento, sino enseñar a vivir. Era una guía cotidiana. Los estoicos, por ejemplo, no debatían en abstracto: entrenaban la mente como hoy entrenamos el cuerpo.
La filosofía moderna, en cambio, se volvió teórica, académica, encerrada en universidades. Perdió contacto con la vida diaria. Ganó profundidad, pero perdió cercanía.
Por eso hoy un lector común conecta más con una frase de Confucio que con un tratado moderno sobre subjetividad. No porque sea mejor, sino porque es más directa, más humana.
El problema de nuestra idea actual de felicidad
Vivimos en una época obsesionada con “sentirse bien”. Y como dice la psiquiatra y divulgadora española Marian Rojas Estapé en su libro: “¿Cómo hacer que te sucedan cosas buenas?” (No es incoherente con este artículo, sino al contrario viene al caso) ella dice que las personas en la actualidad usan atajos para encontrar la felicidad, y que en ese camino confunden sentido de la vida y lo reemplazan por sensaciones) Cualquier malestar se interpreta como fracaso personal. Las redes sociales refuerzan esta ilusión: todos parecen felices, exitosos, plenos, todos publican un bienestar falso o efímero. Pocas personas postean o comparten que hoy sufren, o que no llegan a fin de mes o que tienen la heladera vacía.
Séneca diría que eso es una trampa. Confucio diría que es falta de armonía. Y la neurociencia moderna, curiosamente, les da la razón: el cerebro no está diseñado para la felicidad constante, sino para resolver problemas. El cerebro está preparado para sobrevivir, y no para estar feliz, aunque se le puede engañar, pero eso es para otro artículo.😄
La felicidad, entonces, no es un estado permanente, sino momentos de equilibrio entre tensión y sentido. Los antiguos lo sabían sin resonancias magnéticas ni estudios estadísticos.
¿Qué era la felicidad para los antiguos pensadores o filósofos?
Los filósofos antiguos no tenían conocimiento absoluto de cómo funcionaba el cerebro. Pero decían que la felicidad era un equilibrio entre tensión y sentido, decían eso porque observaban la vida tal como es, no como desearían que fuera. No tenían laboratorios, pero tenían algo que hoy escasea: tiempo para mirar, comparar y pensar la experiencia humana.
Disculpa pero quiero insistir en esto y explicarle con claridad y con alma de docente o guía de experiencias.😀
Los antiguos pensadores entendían la felicidad desde la experiencia, no desde la ilusión
Para ellos, la vida siempre incluía tensión: enfermedad, pérdida, trabajo duro, guerra, envejecimiento, muerte. Nadie esperaba estar bien todo el tiempo. Por eso no definían la felicidad como un estado continuo, sino como una forma de vivir en medio de la dificultad.
Séneca veía que incluso las personas poderosas sufrían ansiedad y miedo. Concluyó que la felicidad no dependía de eliminar los problemas, sino de ordenar el deseo y aceptar lo que no se puede controlar. Eso no quita la tensión, pero le da sentido.
Aristóteles hablaba de eudaimonía, no de placer. Para él, una vida buena era una vida en actividad, con esfuerzo, virtud y finalidad. El bienestar surgía cuando había coherencia entre lo que uno es y lo que hace, no cuando desaparecía el conflicto.
Confucio observó que el equilibrio personal dependía de la armonía entre roles, deberes y vinculos (es lo que suelo explicar a mis estudiantes de Filosofía y Sociología). Este pensador oriental sabía que siempre hay presión y responsabilidad, pero también sabía que sin ellas no hay identidad ni sentido.
Por qué seguimos leyendo a los antiguos en pleno siglo XXI
Porque seguimos teniendo miedo, deseos desmedidos, ansiedad, frustración, pérdida, muerte. La tecnología cambió se desarrolló y evolucionó, el cerebro humano no tanto, hay zonas cerebrales como el llamado cerebro reptiliano (Teoría: “Cerebro Triuno” del neurocientífico estadounidense Paul MC Lean) que es un área cerebral que usamos cuando nos enojamos, pegamos, rompemos sin antes pensar y luego actuar. Esto también es para otro artículo 😆
Los filósofos antiguos entendieron algo fundamental: no podemos controlar el mundo, pero sí nuestra actitud frente a él. Esa idea atraviesa siglos porque sigue siendo verdadera.
No es que no haya nuevas respuestas. Es que las preguntas esenciales son las mismas.
El error de repetirlos sin pensar
Ahora bien, hay un problema serio: repetir a Séneca y Confucio sin contexto. Convertirlos en frases vacías. Usarlos como decoración intelectual o posteo bonito en redes.
Ellos no escribieron para calmarnos, sino para confrontarnos. Para incomodarnos. Para hacernos responsables de nuestra vida interior.
Cuando un blog o web repite las mismas citas una y otra vez, sin reflexión propia, se vuelve aburrido, letánico, predecible. Justo lo que me motivó a escribirles estas líneas.
La clave no es citar a los antiguos filósofos sino dialogar con ellos desde el presente.
Entonces, ¿qué deberíamos hacer hoy?
Tal vez dejar de buscar recetas rápidas y empezar a construir una felicidad más honesta. (Vaya qué fácil🙃😶) Una que incluya el malestar, la duda, el esfuerzo y la imperfección.
Usar a Séneca y Confucio no como gurús, sino como compañeros de pensamiento. Y atrevernos también a leer a los modernos, aunque incomoden más.
La felicidad no está en repetir ideas antiguas ni en ignorar las nuevas. Está en integrar ambas, con pensamiento crítico y experiencia personal.
Conclusión
Seguimos citando a filósofos de hace más de dos mil años porque hablaron de lo que todavía nos duele. No porque el mundo no haya cambiado, sino porque nosotros no cambiamos tanto como creemos. Y a pesar de la pequeña evolución del cerebro queda impregnado mucho lo que viene de fábrica y cuesta cambiar, modificar.
La verdadera pregunta no es por qué seguimos leyendo a Séneca y Confucio. La pregunta es por qué, teniendo tanta información, seguimos buscando lo mismo: paz interior, sentido y equilibrio.
Tal vez la felicidad no sea un destino moderno, sino una tarea eterna.
Francisco Javier Samudio Rojas
Licenciado en Psicopedagogía
Docente de alma.
Divulgador tímido pero obstinado
Ser humano apasionado por el conocimiento